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Literatura japonesa



La andadura de la lengua japonesa dentro del campo literario se inició, al igual que su escritura, de la mano de China. Del continente importó el arte del pincel, tanto en sus formas caligráficas y pictóricas, como en sus contenidos literarios.

Las primeras obras escritas que se conservan intentan ser compilaciones de carácter histórico, pero que, al tratar de buscar los orígenes de Japón y su gente, recogen cuestiones y temas de la leyenda y la mitología. Se trata del Kojiki (712) y Nihon shoki (720) que, aunque escritas en chino, incluyen, junto a datos y reseñas, algunos poemas japoneses. Muy antiguas son también las oraciones sintoístas llamadas norito, que, transmitidas oralmente, no consta que se escribieran hasta el siglo X.

Cuando a mediados del siglo IX se desarrolló una ortografía nativa para la representación fonética del japonés, se dio un gran paso hacia la independencia, siempre relativa, de la literatura china. Dentro de la literatura, la poesía ha ocupado desde sus inicios una posición privilegiada. Antes de que en el siglo XI Sei Shônagon escribiera Makura no sôshi y Murasaki Shikibu su Genji monogatari utilizando la prosa, aunque intercalando poemas, hay recogidas diversas antologías imperiales de poesía, siendo el Man´yôshû, del siglo VIII la primera gran compilación de poemas, seguida en importancia por el Kokinshû, cuyo compilador y prologuista, Ki no Tsurayuki, parece ser el autor del Tosa nikki (Diario de Tosa), que narra su regreso a Kyôto desde la provincia de Tosa, la actual Kôchi, de la que acababa de ser gobernador. Esta obra constituye un modelo de sencillez y elegancia estilística. También del siglo X se conservan cuentos y relatos como Ise monogatari (Cantares de Ise) y Taketori monogatari (Cuento del cortador de bambú).

El tema más característico y abundante en la literatura japonesa es el tema de la naturaleza, que aparece en los primeros poemas y sigue utilizándose en la literatura contemporánea. Los fenómenos naturales y las cuatro estaciones aparecen de forma reiterada en sus versos, y, entre otras razones, esto ha hecho que se hable de que el "amor de los japoneses por la naturaleza" es una parte esencial de su tradición cultural.

La frecuente utilización de imágenes de la naturaleza en las metáforas pone de relieve la íntima relación existente entre la naturaleza y el hombre. Las imágenes de la naturaleza a las que se suele recurrir en la poesía japonesa tienden a resaltar lo inmanente más que lo trascendente, a diferencia de lo que es común en Occidente. Estas características arrancan de la tradición poética de los siglos XI y XII y se generalizan en toda su literatura.

La práctica de composición poética al modo tradicional continúa vigente en Japón. El emperador continúa al frente del casi ritual concurso de poesía de Año Nuevo, y distintos programas educativos de televisión instruyen en la composición del waka y el haiku, al tiempo que están a la venta numerosas publicaciones de poetas no profesionales.

En cuanto a la prosa hay que decir que despega de la mano de la mujer con las obras anteriormente citadas de Sei Shônagon y Murasaki Shikibu. Destaca en ella, sobre todo en los primeros tiempos, el género llamado nikki, o de diario, por lo que no resulta extraño, contemplando tal pasado literario, que sea una costumbre tan generalizada en Japón, fomentada desde las escuelas, el escribir cada uno su propio diario. Los géneros de carácter épico florecieron sobremanera durante la Edad Media, que comprende los períodos Kamakura (1185-1333), Muromachi (1333-1568) y Momoyama (1568-1600). Destacan entre todas ellas Genpei seisuiki (Vicisitudes de los Gen y los Hei) y Heike monogatari (Historia de los Heike), esta segunda una ampliación libre del anterior. También las obras religiosas de los monjes zen tuvieron su protagonismo en esta época, englobadas bajo el denominador común de literatura Gozan. En el siglo XV hay que destacar la aparición del teatro nô, con su acción lenta y ritual, sus movimientos simbólicos, su lenguaje difícilmente comprensible, y su arcaísmo, pero de una admirable calidad y dignidad. Hoy su repertorio es de unas doscientas cuarenta obras, y el vestuario empleado es de un lujo y una elaboración exquisita.

Durante el periodo Edo (1600-1868) surgieron multitud de géneros diferentes, pero todos caracterizados por un denominador común, la característica vitalidad de la sociedad urbana, y en particular de los comerciantes. Las obras poseen un carácter más directo y desenfadado, al tiempo que se atreven a abordar temas que antes estaban vedados por el gusto social al ser considerados como vulgares o sucios. Los barrios de placer y el discurrir de la vida en ellos, temas principales en el grabado, son también argumentos frecuentes de las novelas del momento, quizás sea una de las obras más representativas Hombre lascivo y sin linaje, de Ihara Saikaku. Durante la segunda mitad del siglo XVI surgen dos variedades de teatro popular: el bunraku, o teatro de muñecos, y el kabuki, que tienen como máximo exponente a Chikamatsu Monzaemon (1653-1724).

Algún tipo de teatro de muñecos ya existía en los siglos VII y VIII, pero muy rudimentario, y a cargo de una sola persona. Hacia mediados del siglo XVI encontramos una modalidad muy desarrollada, que pronto se aplicará a la escenificación de los relatos jôruri. Un narrador va entonando la historia, mientras los muñecos le dan movimiento y vida. El kabuki es un tipo de teatro mucho más realista, cercano y popular que el nô. Las representaciones, de un refinado gusto, incluían a veces el uso de escenarios giratorios. No se emplean máscaras, aunque sí un maquillaje característico. Cuenta su repertorio con unas trescientas creaciones, entre las que hay obras, llamadas shosa-goto, en las que la danza y las posturas son elemento primordial, y dramas propiamente dichos, que pueden subdividirse en jidaimono (obras de tema histórico), y sewamono (obras populares o de costumbres).

El poeta Matsuo Bashô fue contemporáneo de Chikamatsu Monzaemon y, así como este último representa al más señalado dramaturgo del período Edo, Bashô es el más conocido de entre los poetas de haiku. Desde 1868 la literatura japonesa se puso de lleno en contacto con la cultura occidental, y ésta de formas muy diversas ha influido en su desarrollo. Entre los muchos autores ya contemporáneos pueden citarse: Tsubouchi Shôyo (1859-1935), traductor de Shakespeare y precursor de la novelística actual (La esencia de la novela); Futabatei Shimei (1864-1909), introductor de Turgeniev y otros autores rusos, que escribe Nubes a la deriva; Shimazaki Tôson (1872-1943), que enlaza con la novela francesa y explota ampliamente el material autobiográfico; Natsume Sôseki (1867-1930) marca un avance decisivo con obras como El señorito, Corazón, Yo soy un gato y Desde entonces...; Mori Ôgai (1862-1922), autor de Vita sekusuarisu; Tanizaki Jun´ichirô (1886-1965), propuesto en distintas ocasiones para el nobel por obras como El joven, Entre Dios y el hombre, Las hermanas Makioka, o La llave. Son también figuras señeras Shiga Naoya, Akutagawa Ryûnosuke, Kawabata Yasunai, Dazai Osamu, Mishima Yukio, Abe Kôbo y el original y brillante Ôe Kenzaburô, el último Premio Nobel de Literatura japonés. Las traducciones de obras japonesas contemporáneas han aparecido en número creciente en el mercado occidental desde los años setenta, y, en función de dichas traducciones, los escritores japoneses más reconocidos en Europa y Estados Unidos: Sôseki, Ôgai, Kafû, Tanizaki, Kawabata, Ôe y Mishima, entre otros.